EL CRITERIO BíBLICO PARA EL APOSTOLADO
Las calificaciones necesarias para el apostolado
En primer lugar, sería imposible para cualquier cristiano contemporáneo satisfacer los requisitos bíblicos necesarios para que alguien sea considerado apóstol. El Nuevo Testamento expone al menos tres criterios necesarios: (1) el apóstol tenía que ser un testigo físico del Cristo resucitado (Hechos 1.22; 10.39–41; 1 Corintios 9.1; 15.7–8.); (2) el apóstol tenía que ser nombrado personalmente por el Señor Jesucristo (Marcos 3.14, Lucas 6.13, Hechos 1.2,24; 10.41; Gálatas 1.1); y (3) el apóstol tenía que ser capaz de autenticar su designación apostólica con señales milagrosas (Mateo 10.1–2; Hechos 1.5–8; 2.43; 4.33; 5.12; 8.14; 2 Corintios 12.12; Hebreos 2.3–4).
Esas calificaciones solamente demuestran de manera concluyente que no hay apóstoles en la iglesia hoy. Ninguna persona viva ha visto a Cristo resucitado con sus propios ojos, nadie es capaz de realizar señales milagrosas como las de los apóstoles en el libro de los Hechos (Hechos 3.3–11; 5.15–16; 9.36–42; 20.6–12; 28.1–6), y a pesar de las afirmaciones presuntuosas de lo contrario, el Señor Jesús no ha nombrado de manera personal y directa a nadie en la iglesia moderna como apóstol. Por supuesto, hay algunos carismáticos que afirman haber tenido visiones del Señor resucitado. Estas afirmaciones no solo son altamente sospechosas e imposibles de verificar, sino que simplemente no cumplen con los criterios apostólicos, ya que un apóstol tenía que ver al Cristo resucitado en la carne con sus propios ojos. Como Samuel Waldron explica:
Las visiones y los sueños, incluso si son reales y genuinos, no califican a nadie como ser un apóstol de Cristo. Está claro que la Biblia enfatiza la distinción entre la vista interna y la externa, y considera la revelación producto de la vista externa como una señal de dignidad superior. Las demandas modernas de haber visto a Jesús en una visión o un sueño no califican a nadie para reclamar esta característica indispensable de un apóstol de Cristo.
Wayne Grudem, autor popular y profesor de teología y estudios bíblicos en el Seminario de Phoenix, es un carismático comprometido y quizás el mejor teólogo y apologista del movimiento. No obstante, incluso él reconoce que «debido a que ya nadie hoy puede cumplir con la calificación de haber visto a Cristo resucitado con sus propios ojos, no hay apóstoles en la actualidad».
Peter Wagner es muy consciente de estas calificaciones. ¡Y como no puede soslayarlas, simplemente las ignora! Después de establecer una versión del «apostolado» que se ajuste a su Nueva Reforma Apostólica, Wagner admite que intencionalmente deja fuera los requisitos bíblicos en la definición de apóstol. En sus palabras:
Hay tres características bíblicas para el apostolado que algunos incluyen en su definición de apóstol, pero he optado por no incluirlas: (1) señales y prodigios (2 Corintios 12.12), (2) ver personalmente a Jesús (1 Corintios 9.1), y (3) la plantación de iglesias (1 Corintios 3.10). Mi razón para esto es que no considero que estas tres cualidades sean no negociables […] Si un individuo carece de la unción para mostrar una o más de ellas, en mi opinión esto no excluiría a esa persona de ser un legítimo apóstol.
Podemos discutir sobre si «plantar iglesias» es o no uno de los criterios bíblicos para el apostolado. Sin embargo, las otras dos características ciertamente lo son. Sin embargo, Wagner simplemente las descarta como negociables. Las trata como algo intrascendente, sin ninguna razón evidente que no sea que la norma bíblica anularía su propia pretensión de autoridad apostólica. Tras haberse declarado a sí mismo apóstol, actúa como si él tuviera la autoridad para ignorar la clara enseñanza de la Escritura, si «en [su] opinión» algo que la Biblia enseña es inconveniente, o pudiera excluirlo del oficio al que cree que tiene derecho. Esa clase de actitud despreocupada y condescendiente hacia la Escritura impregna a la Nueva Reforma Apostólica. Después de todo, de la única manera que Wagner y sus seguidores pueden llamarse apóstoles hoy es haciendo oídos sordos a lo que la Biblia enseña claramente.
Pablo fue el último apóstol
A pesar de que Pablo cumplió con los tres criterios mencionados antes, resulta evidente que su nombramiento apostólico no fue la norma. El mismo Pablo enfatizó este punto en 1 Corintios 15.5–9, mientras delineaba las apariciones después de la resurrección del Señor Jesús. A diferencia de los once, Pablo no había sido uno de los discípulos de Jesús durante su ministerio terrenal. Él no estuvo presente en el aposento alto cuando el Señor se apareció, ni fue uno de los quinientos testigos que vieron al Cristo resucitado. ¡De hecho, la aparición del Señor a Pablo no tuvo lugar solo luego de su resurrección, sino después de su ascensión! Y ocurrió mientras Pablo (quien en ese momento se llamaba «Saulo») estaba en camino para perseguir a los seguidores de Cristo en Damasco (Hechos 9.1–8).
Sin embargo, si algunos piensan que ellos también pueden tener un apostolado extraordinario como el de Pablo, es importante que tengan en cuenta dos detalles importantes acerca del llamado único del apóstol. En primer lugar, en 1 Corintios 15.8, Pablo afirma que él fue la última persona a la que el Cristo resucitado se le apareció de forma personal y física. Esto podría prevenir a cualquiera después de Pablo a hacer un reclamo legítimo de apostolado, ya que ver al Señor resucitado es un requisito previo para ser apóstol y Pablo declaró que él había sido el último en tener este tipo de experiencia.
En segundo lugar, es importante tener en cuenta que Pablo vio su apostolado como único y extraordinario. Era como «un abortivo» (v. 8), considerándose a sí mismo «el más pequeño de los apóstoles» (v. 9) debido a la animosidad que le había mostrado a la iglesia antes de su conversión. Aunque nunca se puso en duda la autenticidad de su apostolado, Pablo ciertamente no lo veía como un patrón normativo para que las futuras generaciones de cristianos lo siguieran.
Los apóstoles poseían una autoridad única
Los apóstoles del Nuevo Testamento fueron reconocidos como los agentes reveladores de Dios y como tales poseían un nivel sin igual de autoridad en la historia de la iglesia, una autoridad derivada de Cristo mismo. Ser apóstol de Jesucristo significaba ser su representante. En términos jurídicos contemporáneos, podríamos referirnos a los apóstoles como delegados del Señor. Eran los hombres a quienes él les había otorgado su propia autoridad.
Si bien es cierto que el término apóstol se utiliza a veces en el Nuevo Testamento en un sentido genérico y no técnico para referirse a los «mensajeros de las iglesias» (2 Corintios 8.23), esas personas no deben confundirse con los doce o el apóstol Pablo. Ser apóstol del Señor Jesucristo implicaba un llamado específico y un profundo privilegio, algo muy diferente a ser simplemente un mensajero enviado de una congregación local. Para ser apóstol del Señor Jesús se requería haber sido nombrado personalmente por él. Era la posición de autoridad más alta posible en la iglesia, un oficio único que abarcaba una comisión intransferible de Cristo a proclamar la doctrina de la revelación y sentar las bases de la iglesia.
En el discurso del aposento alto, el Señor personalmente autorizó a sus apóstoles para dirigir la iglesia en su ausencia, les prometió que el Espíritu Santo los capacitaría para revelar la verdad de Dios a su pueblo (cp. Juan 14.26; 15.26–27; 16.12–15). Los creyentes en la iglesia primitiva reconocieron la instrucción apostólica como llevando consigo la autoridad de Cristo mismo. Los escritos apostólicos fueron inspirados, una revelación infalible para ser recibida y obedecida como la Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2.13). Una carta inspirada escrita con autoridad apostólica estaba tan acreditada como las Escrituras del Antiguo Testamento (cp. 1 Corintios 14.37; Gálatas 1.9; 2 Pedro 3.16). Judas ejemplifica esa actitud cuando le escribió a la iglesia: «Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo» (Judas 17).
El tema de la autoridad apostólica es especialmente importante si tenemos en cuenta la doctrina de la canonicidad. Los apóstoles fueron autorizados por el mismo Señor Jesús para escribir las Escrituras inspiradas. Tal autoridad fue la prueba principal que la iglesia primitiva aplicaba en cuestiones relativas a la canonicidad: si un libro o una carta que afirmaba hablar con autoridad profética había sido escrito por un apóstol o bajo la supervisión apostólica, se reconocía como inspirado y autorizado. Por otra parte, los escritos que estaban desvinculados de la autoridad apostólica no se consideraban parte de las Escrituras, sin importar qué autoridad reclamara el autor para sí mismo. Incluso en la iglesia primitiva no había escasez de materiales que carecían de la autoridad apostólica, pero alegaban ser divinamente inspirados (cp. 2 Tesalonicenses 2.2; 2 Corintios 11.13; 2 Pedro 2.1–3).
Todo esto plantea importantes interrogantes para los carismáticos modernos que quieren restablecer a los apóstoles en la iglesia contemporánea. La mayor parte de estos mismos autoproclamados «apóstoles» afirma haber recibido una revelación directa y especial de Dios. Si en realidad tienen autoridad apostólica, ¿qué les impide agregar algo a la Biblia? Por otro lado, si los apóstoles modernos no están dispuestos a añadir nada a las Escrituras, ¿qué dice eso acerca de la legitimidad de su apostolado? Como Wayne Grudem señala acertadamente: «Este hecho en sí mismo debería sugerirnos que había algo único en el oficio de apóstol, y que no podemos esperar que continúe hoy, porque en la actualidad nadie puede añadir palabras a la Biblia y hacer que cuenten como las propias las palabras de Dios o como parte de las Escrituras».
Esto es un reconocimiento profundo de un teólogo carismático líder. El punto de partida esencial para la doctrina carismática es la afirmación de que todos los milagros y dones espirituales descritos en Hechos y 1 Corintios aún están disponibles para los cristianos de hoy, que los dones, señales y maravillas proféticas no fueron exclusivos de la era apostólica, y que no hay ninguna razón para creer que uno o más de estos fenómenos ha cesado. Esta posición se conoce como continuacionismo. Sin embargo, Wayne Grudem ha reconocido que es un cesacionista (lo contrario a un continuacionista) cuando se trata de cuestiones tales como el ministerio apostólico y el canon de las Escrituras. En efecto, él ha admitido el argumento fundamental en contra de la doctrina carismática. Volveremos a tratar este punto más adelante en el libro, pero por ahora observe que incluso los principales apologistas del continuacionismo finalmente se ven obligados a confesar que algo importante ha cambiado con el paso de la era apostólica.
El cambio más importante que todos los cristianos fieles deben reconocer es que el canon de la Escritura está cerrado. Y sabemos que se cerró precisamente porque el ministerio apostólico no continuó más allá del primer siglo de la historia de la iglesia. Lo que se mantiene como nuestra única autoridad hoy es el testimonio escrito de los apóstoles, un registro inspirado de las enseñanzas autorizadas contenidas en la Biblia. Por lo tanto, los escritos del Nuevo Testamento constituyen la única verdadera autoridad apostólica en la iglesia de hoy.
Los apóstoles establecieron el fundamento de la iglesia
Al escribir su carta a los Efesios, Pablo explicó que sus lectores eran parte de la familia de Dios, «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2.19–20). Ese pasaje equipara a los apóstoles con las bases de la iglesia. No obstante, si no se limita decididamente el apostolado a las primeras etapas de la historia de la iglesia, no significa nada. Después de todo, un fundamento no es algo que pueda ser reconstruido durante todas las fases de la edificación. El fundamento es único, y siempre se coloca primero, con el resto de la estructura descansando firmemente sobre él.
Cuando uno considera los escritos de los padres de la iglesia, aquellos líderes cristianos que vivieron poco después de los apóstoles, se hace evidente rápidamente que consideraban la época fundacional de la iglesia en el pasado. Ignacio (c. 35–115 A.D.) en su Epístola a los magnesios, habló en tiempo pasado de la obra fundacional de Pedro y Pablo. Al referirse al libro de los Hechos, Ignacio escribió: «Esto se cumplió por primera vez en Siria, porque “los discípulos fueron llamados cristianos en Antioquia”, cuando Pablo y Pedro se hallaban estableciendo los cimientos de la iglesia».
Ireneo (c. 130–202) se refirió a los doce apóstoles como «el fundamento de doce columnas de la iglesia». Tertuliano (c. 155–230) explicó igualmente que «después de la época de los apóstoles» la única doctrina aceptada por los cristianos verdaderos fue la que había sido «proclamada en las iglesias de fundamento apostólico». Lactancio (c. 240–320), en su Institución Divina, se refirió asimismo al tiempo pasado en el que se sentaron las bases apostólicas de la iglesia. Al comentar sobre el papel de los doce, explicó que «los discípulos, que se dispersaron a través de las provincias, en todas partes sentaron las bases de la iglesia, haciendo también ellos mismos en el nombre de su divino Maestro muchos y casi increíbles milagros, porque en su partida los había dotado de poder y fuerza, por medio de los cuales el sistema de su nuevo anuncio podía ser establecido y confirmado».
Los ejemplos podrían multiplicarse, pero el punto es claro. Los carismáticos modernos pueden afirmar que una fundación apostólica todavía se está dando en la actualidad. Sin embargo, esa idea es contraria tanto al sentido obvio de las Escrituras como a la comprensión de los líderes cristianos que siguieron inmediatamente a los apóstoles en la historia. Ellos entendieron con claridad que el fundamento apostólico de la iglesia había sido completado en el primer siglo. Cualquier noción de apóstoles modernos simplemente destruye el significado de la metáfora de Pablo en Efesios 2.20. Si los apóstoles constituyen el fundamento de la iglesia, es una locura tratar de reubicarlos en las vigas.
La iglesia postapostólica fue dirigida por ancianos y diáconos
Cuando los apóstoles dieron instrucciones sobre el futuro de la iglesia y cómo debería ser organizada, no sugirieron que fueran designados nuevos apóstoles. En lugar de ello, hablaron de pastores, ancianos y diáconos. Por lo tanto, Pedro instruyó a los ancianos: «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros» (1 Pedro 5.2). Y Pablo le dijo a Tito que estableciera «ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé» (Tito 1.5); e igualmente indica los requisitos tanto para los ancianos como para los diáconos en el tercer capítulo de 1 Timoteo. En ninguna parte de las epístolas pastorales se dice algo acerca de la perpetuidad del apostolado, aunque Pablo habla mucho sobre la organización de la iglesia bajo la dirección de los ancianos y diáconos calificados. A medida que hombres fieles desempeñaran ese oficio, la iglesia prosperaría. Por lo tanto, Pablo le dijo a Timoteo: «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2.2).
Cuando analizamos otra vez la historia de la iglesia —teniendo en cuenta el testimonio de los líderes de la iglesia que vivieron poco después de que la era del Nuevo Testamento terminara— nos encontramos con que los padres de la iglesia no se ven a sí mismos como apóstoles, sino más bien como los «discípulos de los apóstoles». Ellos entendieron que los apóstoles eran únicos, y que luego de que la era apostólica concluyó, la iglesia fue gobernada por los ancianos (incluyendo pastores u obispos) y diáconos. Clemente de Roma, que escribió en los años 90, declaró que los apóstoles «nombraron a los primeros frutos» de su trabajo «para ser obispos y diáconos de los que habrían de creer después». Ignacio (c. 35–115 A.D.) aclaró de manera similar en su Epístola a los antioqueños que no era apóstol. Él escribió: «Yo no doy órdenes en estos puntos como si fuera un apóstol, pero como consiervo de ustedes, los traigo a ellos a sus mentes».
Esas no son declaraciones fuera de lo común que simplemente he elegido para establecer un punto. Representan la opinión unánime de los padres de la iglesia en cuanto a que la edad apostólica fue única, irrepetible y estuvo limitada al primer siglo de la historia de la iglesia. Agustín y Juan Crisóstomo hablaron de los «tiempos de los apóstoles» como una época pasada y completada. En el siglo cuarto, Eusebio, el historiador de la iglesia, trazó todo el flujo de la historia de la iglesia como una progresión desde los «tiempos de los apóstoles» hasta su propio presente. Basilio de Cesarea se refiere a los líderes de la iglesia de las generaciones tempranas como «aquellos que vivían cerca de los tiempos de los apóstoles». Tertuliano hizo hincapié en los acontecimientos que tuvieron lugar «después de los tiempos de los apóstoles».
Una vez más, los ejemplos podrían multiplicarse para dejar bien establecido un hecho: el consenso unilateral de la iglesia primitiva era que el período apostólico terminó y no se esperaba que continuara. Los que vinieron después de los apóstoles afirmaron claramente que no eran apóstoles. En cambio, con razón, se veían a sí mismos como pastores, ancianos y diáconos. Para citar de nuevo a Wayne Grudem en defensa del cesacionismo:
Cabe señalar que ninguno de los principales líderes en la historia de la iglesia —ni Atanasio, Agustín, Lutero, Calvino, Wesley o Whitefield— se adjudicaron a sí mismos el título de «apóstol» o permitieron que alguien los llamara apóstol. Si algunos en los tiempos modernos quieren tomar el título de «apóstol» para sí mismos, levantan inmediatamente la sospecha de que puedan estar motivados por el orgullo y los deseos inapropiados de exaltación propia, junto con la excesiva ambición y el anhelo de tener mucha más autoridad en la iglesia de la que cualquier persona debe legítimamente poseer.
Los apóstoles tienen una posición de honor única
Los apóstoles no solo tienen una posición de autoridad única en la historia de la iglesia, sino también se les da un lugar de honor único en la eternidad. En la descripción de la Nueva Jerusalén, el apóstol Juan explica que «el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Apocalipsis 21.14). Por toda la eternidad, esas piedras servirán como recuerdo eterno de la relación de Dios con la iglesia, de la cual los apóstoles son el fundamento. Los nombres de los doce apóstoles se sellaron para siempre en el muro de la Nueva Jerusalén.
¿Creen realmente los apóstoles de hoy que se merecen el mismo lugar de honor celestial que los apóstoles del Nuevo Testamento? Algunos de sus seguidores creen que sí. De acuerdo a uno que se llama a sí mismo profeta: «Ahora mismo, apóstoles como el doctor Peter Wagner están estableciendo un fundamento desde el cual la guerra espiritual en los cielos puede ser luchada y ganada […] Los apóstoles están siendo levantados. Dios ha levantado a estos hombres para que sean muy visibles. Sabemos mucho acerca de algunos apóstoles del Nuevo Testamento. Vamos a saber mucho de algunos apóstoles de la Nueva Jerusalén. Podemos sentirnos ofendidos, o podemos subirnos a bordo».
Esa es una declaración sorprendente, porque implica que Wagner y sus secuaces serán eternamente honrados de la misma manera que los doce apóstoles y Pablo. Todos los verdaderos creyentes deben estar extremadamente ofendidos por ese tipo de arrogancia y presunción manifiestas. El honor otorgado a los apóstoles en la Nueva Jerusalén es único. Se limita a los designados personalmente por Cristo en el Nuevo Testamento. Solo los falsos maestros equivocados afirmarían honra apostólica eterna para alguien vivo hoy.
Por John MacArthur. Tomado del libro "Fuego Extraño", páginas 97-104



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